jueves, 24 de noviembre de 2011

De cómo todo lo que uno tiene es prestado

Hasta la propia vida es algo prestado que se presenta en forma de don que, inevitablemente debe ser aceptado o, ¿acaso le preguntan a uno cuando nace si quiere pertenecer al censo? ¡Gracias a mi madre por darme la vida! Hubiera sido injusto que mi alma siguiera pululando, después de su última experiencia vital, por esa cuarta dimensión que nosotros no vemos y que habitan desde siempre las almas.

Quizá lo único que no sea prestado sea mi propia conciencia.

Y después de estas afirmaciones me atrevo a leer a los grandes filósofos. ¡He perdido la costumbre de leerme a mi misma! Creo que estoy dejándome absorber por los pensamientos de todos esos huesos que hay en los libros. ¿Acaso me habré aburrido de mi misma?

Hasta mi intelecto, que yo consideraba propio, es prestado, así que hasta lo que pienso es prestado (¿o estará alquilado por algún ente superior a mí?), y como mi cerebro llegó sin manual de instrucciones por llegar demasiado pronto -y a mis padres se les olvidó sellar la garantía- cuando sufre alguna avería no tengo a quién reclamar. Quizá con el chip que nos implantarán en el cerebro en el futuro desaparezca el problema, ¿será por aquello por lo que están las instituciones psiquiátricas llenas de gente? Eslogan para un anuncio de Telefónica: la comunicación del futuro será posible gracias a la tara mental de todos nuestros clientes.

NOTA: ¿Es que acaso llega alguno algún día a entenderse a si mismo y al mundo? Los filósofos lo intentan, los científicos lo interpretan y el resto del mundo procura  evitar entenderlo. Por eso, el filósofo es una especie en extinción porque es uno de los pocos seres en el mundo que se guía por el amor y la esperanza  y emplear la propia vida para conocer la realidad y brindársela a los demás es la esencia de la generosidad.

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