martes, 21 de junio de 2011

Retazos de una vida: perdida en Italia (2003). Segunda parte

He pasado un buen fin de semana en una de las regiones más bellas de Italia (suena cursi, lo sé, pero es así). Así que sintiéndolo mucho, y sé que para vosotros será un gran golpe por todo lo que me echáis de menos (no lloréis, ¡entiendo vuestro dolor!), he de comunicaros un hecho muy importante que cambiará vuestras vidas porque yo ya no estaré en ellas. Sí, lo habéis acertado (los que me tenéis en el messenger ya lo sabíais, vuestro sufrimiento es doble): ¡CREO QUE ME QUEDO EN LA TOSCANA! O, mejor dicho, que regreso a la Toscana para siempre. Es que ya estoy en Roma, en fin, la vida es muy dura...

Pues sí, queridos todos, he cambiado incluso el título de mis crónicas (a partir de ahora "Crónicas Toscanas") para haceros saber que he visitado este fin de semana un lugar en el que no me importaría morirme. Ha sido un fin de semana inolvidable, si no fuera porque los mosquitos toscanos (¡cabrones donde los haya!) han dado buena cuenta de mi sangre dulce provocándome unas hinchazones con sus picaduras que hacía que me acordara de sus muertos más frescos: en fin, ¡no hay nada que una buena crema no cure!

Cuento el itinerario: Pescia, Pisa, Lucca, Firenze (solo de paso, soy tan chula que tenía dos horas para hacer turismo pero he cambiado el billete para irme antes, jeje, mentira, estaba tan cansada y hacia tanto calor que pensaba que moría en Firenze), Montecarlo (no el paraíso fiscal sino el paraíso toscano) y, por último, uno de los pueblos más bonitos, donde he dormido hoy: Fiesole. He pasado la noche en un castillo de, por lo menos, 500 años súper bohemio y súper chic, lleno de americanos que ponían cara de asco cuando la camarera les servía una de las lasañas más auténticas y exquisitas que he comido nunca: ¡fabulosa! Fiesole es un pueblo situado en una de las famosas colinas toscanas desde la que se ve toda Florencia y, cómo no, en mi hotel había una terraza con vistas panorámicas a Firenze donde se reunían, como si de un akelarre se tratara, todos los yankies a ver la puesta de sol. Esta mañana además y, por si fuera poco, he tenido la oportunidad de leer cartas del puño y letra de mis amados William James y Miguel de Unamuno: sí, lo sé, se me va un poco la pinza, pero me he emocionado teniendo entre las manos y leyendo cartas de hace cien años de los dos autores que estudio en mi tesis. ¿Qué queréis? Hay gente pa'to...

Después de sufrir dos vahídos y tres crisis por los 35 grados (sin pizca de aire) que hacen en la Toscana e ir esquivando tres millones de japoneses paticortos con maletas de ruedas, he conseguido coger un tren en Santa Maria Novella (la estación más famosa de Firenze), un tren que es como el AVE, que me ha traído hasta el Lazio (la provincia en la que está Roma), llegada a Termini, donde debían regalar años extras de vida porque había un millón de personas, he cogido el metro y por fin he llegado a mi cuarto, donde hay una estupenda ducha y un estupendo baño donde me he curado todos los picotazos de los dinosaurios alados de la Toscana.

Nada más, hasta aquí la crónica de una ragazza colgada intentando encontrar unas cartas centenarias en la Toscana. Curiosamente en mí, ni me he perdido, ni me he olvidado nada y he sabido nadar en las procelosas aguas del caos típico de las estaciones ferroviarias romanas.

Hasta la próxima crónica. Recuerdo que me quedan 11 días en Italia y que acepto voluntarios para invitarme urgentemente a un buen kalimotxo a mi vuelta. La filosofía os estará muy agradecida por vuestra colaboración para facilitar mi adaptación al duro verano que me espera de sanfermines y semana grande, jeje.

1 comentario:

  1. Me comento a mí misma porque es mi vida, que vais a comentar vosotros si en Italia estaba más colgada que un higo, gensanta

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